lunes, 12 de junio de 2017

Ayer me hablaron de Dios

 Ayer me hablaron de Dios. 


«Un hombre me habló ayer de Dios. Nos conocíamos vagamente, nos encontramos en la calle en un mediodía de junio, y me detuvo para hablarme de Dios. Permanecimos así algún tiempo, de pie, conversando, mientras los transeúntes discurrían a nuestro lado, cada cual con sus cosas y sus pensamientos, totalmente ajenos a que allí mismo, justo junto a ellos, dos personas completamente vulgares y corrientes, dos hormiguitas en el Cosmos, estaban tratando acerca del más increíble de los temas L.. ], Dios no interesa. O interesa a poquísimas personas [...]. No, no hablo de creer o no en Dios. Me estoy refiriendo a algo que algunas personas -poquísimas- expresan: la experiencia de Dios en esta vida [...]. Sería muy triste que Dios, para nosotros, fuera solamente un concepto. Se puede tener fe en un concepto, pero pienso que no se puede amarlo. Creo que sería maravilloso que pudiéramos experimentar a Dios, en lugar de limitarnos a creer en su existencia [...]. Hace poco tiempo, una monja carmelita descalza se asomó a la pequeña pantalla y habló de Dios. Para mí, aquello fue algo increíble, hablaba de Dios como si estuviera enamorada de él. He visto a muchos sacerdotes, algunos de gran rango eclesiástico, aparecer en televisión. Hablan de la LOAPA, de la LODE, del aborto, de la familia cristiana, de la diótesis, del Tercer Mundo... , pero no hablan de Dios. Es incomprensible, pero casi no hablan de Dios. Hubo una película italiana, bastante antigua, en la que san Fancisco de Asís y no sé qué santa se reunían para hablar de Dios. Y mientras lo hacían se decía que el cielo cambiaba de color y se tornaba muy bello porque estas dos personas estaban hablando sobre el Creador. Por eso he querido escribir este artículo, porque un hombre me detuvo ayer en la calle para hablarme de Dios. El cielo no cambió de color: se trataba de un mediodía muy nuboso y sin atisbos de sol. Pero el hombre que me hablaba del Creador tenía encendida la mirada y una alegría desbordante parecía llenarle plenamente. Y esto es todo lo que quería decir»

JOSE MARíA MENDlOLA
El País 05 de noviembre de 1984).

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