De la duda a la
certeza:
Legado cartesiano para la humanidad
En los estudios que hemos desarrollado en torno al
filósofo racionalista del siglo XVII, René Descartes, abordamos el texto de las
Meditaciones Metafísicas sobre filosofía
primera, donde se demuestra la existencia de Dios, así como la distinción entre
alma y cuerpo del hombre[1].
Por ello, en respuesta al estudio de la tercera meditación y siguiendo el
orden propuesto al inicio de este preseminario alemán, en este texto haré, en
primer lugar, un recuento de los argumentos que Descartes desarrolla en
esta meditación para probar la
existencia de Dios y trataré de
argumentar una posible objeción a estos argumentos, luego, construiré un
intento de respuesta a los interrogantes propuestos para el desarrollo del
curso, a saber, ¿Cuáles son los rasgos esenciales del pensamiento de Descartes
y su importancia en el desarrollo del pensamiento filosófico occidental? Y, ¿qué rasgos del pensamiento cartesiano
permiten comprenden el propósito de la filosofía según Descartes?
1. De los
argumentos que Descartes desarrolla en la tercera meditación
Con el objetivo de conocer algo más de lo que los
sentidos proporcionan, Descartes inicia la tercera meditación metafísica poniendo
entre paréntesis todo lo que hasta ahora conoce, esto es, todo lo que el mundo
exterior le ha permitido conocer. Esto para afirmar que, en la búsqueda del conocimiento
certero, es necesario obviar los sentidos, que son engañosos, y buscar en aquello de lo cual no puede ponerse
en duda su existencia, es decir, su propio ser pensante. Así, una vez abolida
la voz de los sentidos y del mundo corpóreo, centra su atención en estudiar
“con más diligencia si existen todavía [en mí] otros conocimientos que aún no
haya yo divisado”[2],
y tal empresa la realiza a partir de las ideas; aquellas que los objetos del
mundo corpóreo representan al pensamiento.
Basándose pues en la certeza de su existencia, teniendo
en cuenta lo que puede pensarse, es decir, las ideas, y con el ánimo de buscar
si existe algo de cierto en ellas,
Descarte las divide en tres grupos: las
ideas que él mismo ha hecho, como las quimeras y seres imaginarios, las adventicias o provenientes de fuera,
como las sensaciones que a nuestro cuerpo imprimen el calor, el frío,
etc., y por último las ideas innatas sobre las que volveremos más adelante[3].
A partir de esta clasificación de las ideas, Descartes
encuentra, por un lado, que aunque es posible afirmar la existencia de las
ideas en sí mismas, al tratar de confrontar con la realidad una idea “hecha por
sí mismo” (como la de una sirena, por ejemplo), por más existencia que tenga la
idea en sí, ésta al no representar nada de la realidad, no es digna de
confianza. Y por otro lado, prueba que las ideas que vienen de fuera son
“ímpetus naturales” que en ocasiones le han llevado a elegir la decisión
incorrecta, y que podrían ser igualmente creadas por él mismo (como sucede en
los sueños) y que, además, al llegar a través de los sentidos son
potencialmente engañosas[4]
Quedan, entonces, como único terreno de investigación,
las ideas innatas o como el autor las llama en el texto “nacidas conmigo”, para
examinar si “hay fuera de mí ciertas cosas, cuyas ideas existen dentro de mí”[5], es decir, Descartes se
propone saber si a partir de algunas ideas que al parecer tienen mucha realidad
objetiva, se puede deducir que existe
algo más fuera de sí. Y es a partir de ésta motivación que construye los
argumentos para probar la existencia de Dios, de los que presento
a continuación un pequeño parafraseo para descubrir, qué son estas ideas
innatas y cómo permiten probar la existencia de Dios.
Descartes parte de la relación de causa y efecto,
diciendo que una causa debe tener
igual o mayor realidad y perfección que su efecto:
“es manifiesto, por tanto que debe haber al menos igual realidad en una
causa total y eficiente que en el efecto de dicha causa”[6]. Ahora bien, -diría
Descartes- yo poseo la idea de un Dios que es infinito, eterno, omnipotente y
esta idea “tiene mas realidad objetiva” y por su carácter perfecto resulta imposible que yo mismo la creara, pues no
podría yo, causa imperfecta, crear un efecto (la idea de un Dios perfecto) con
tal característica, por lo tanto, no
podría poseer la idea de tal Dios, sin
que una causa con tales perfecciones no la haya puesto en mí que soy un ser
finito y menos perfecto que ella. Y
puesto que “las ideas son en mí como unas imágenes; que pueden fácilmente
degenerar de la perfección de las cosas de las que han sido tomadas, pero de
ninguna manera contener algo mayor o más perfecto”[7], no pueden ser generadas por mí mismo. Mas
aún, “si la realidad objetiva de alguna de mis ideas es tal que esté yo seguro
de que ella no existe en mí ni formal ni eminentemente, y de que por lo tanto
no puedo ser yo mismo la causa de tal idea, se sigue necesariamente que yo no
soy el único que existe, sino que existe alguna otra cosa que es la causa de
dicha idea”[8]
Es, entonces esta causa a lo que
Descartes llama Dios.
Acéptese todo lo anterior tenido en cuenta que, las ideas
innatas son para Descartes aquellas ideas que, por un lado, no tienen su origen
ni en la experiencia ni en la imaginación (pues no pueden ser creadas por el
hombre mismo), y por el otro, son aquellas que aparecen al pensamiento de una
manera clara y definida como por ejemplo la idea de Dios.
Visto de una forma más general, el argumento de Descartes
para probar la existencia de Dios podría resumirse en las siguientes
proposiciones:
Pienso luego existo. Es decir, del hecho de que tenga la
capacidad de pensar y dudar de las cosas eso quiere decir que evidentemente
existo, y si además de mi existencia, en mi pensamiento concibo la idea de un
Dios con características que superan lo que yo mismo podría pensar, de ahí
puedo deducir entonces que existe un Dios que me ha creado y ha puesto en mí
tales ideas de perfección. “Toda la fuerza del argumento consiste en admitir
que no puede ser que yo exista, siendo de tal naturaleza como soy, a saber,
teniendo en mi la idea de Dios, si Dios no existiera también en realidad”[9]
1.1. Posibles objeciones.
Considero que todo este argumento para probar la
existencia de Dios, a partir de la propia existencia, pierde un tanto su validez
en la medida en que afirmemos que el
hombre puede elevar a la “n” potencia cualquier virtud, tamaño, espacio,
etc., y que esto lo puede hacer mentalmente a partir de una imagen corpórea. Así
por ejemplo, si vemos un hombre y pensamos en la idea de un hombre gigante y
que además vuele, he aquí que la imagen se aparece a nuestra mente. O si vemos
a alguien que regularmente actúa de tal forma que lo podemos calificar como
bueno, nos imaginamos, a partir de este,
a otro alguien que haga cosas aun más buenas, y he aquí que, aunque
inexistente, la imagen de este ser supremamente bueno se aparece en la mente. Si
bien estas podría ser lo que Descartes llamó “las ideas hechas por mi” esto no
contraria la idea de que una perfección que no está en nosotros pueda ser
inventada por nosotros a partir de la imperfección o realidad de la cosa, es
decir, jamás hemos visto un hombre gigante al igual que jamás hemos visto la
omnipotencia de Dios, pero sí podemos hacer que las cosas que conocemos en la
realidad, a través de la imaginación la posea, mas aún, en realidad no podemos
conocer lo bueno pero constantemente hacemos juicios de valor a ciertas cosas,
acciones y hechos, calificándolos como bueno… y a partir de estas cosas que
reconocemos como buenas bien podríamos hacernos la idea de un ‘hacedor del bien
supremo’, que no solo haga una cosa buena sino que sea infinitamente bueno y
ponerle el nombre de Dios.
A partir de lo anterior, la idea de Dios podría no ser más que una proyección
al infinito de las virtudes que vemos en nosotros o en otros hombres. Quizá
podamos interpelar a Descartes diciendo que, si de la existencia del hombre se
deduce la existencia de Dios, pues este es quien puede concebirlo, sería de esperarse
que este Dios no fuera más que la construcción imaginaria del hombre hecha a
partir de sí mismo. Si yo soy bueno Dios es infinitamente bueno, si soy
paciente Dios tiene que ser infinitamente paciente. Y entonces cuando Descartes
dijo “tiene mas realidad objetiva la idea por la que concibo a un Dios como un
ser eterno infinito […] que aquellas por las que se representan las sustancias
finitas”[10]
esta hablando de realidad objetiva de un modo confuso y abstracto ¿Qué seria esa realidad objetiva, que ni
siquiera es tomada de la realidad ni mucho menos de la imaginación? Más aun
¿que serían las ideas innatas?… por
que al parecer descartes toma lo infinito como lo supremo y por ello como
cierto, y si creemos en lo que hemos dicho hasta aquí esto nos resultaría
falaz. Puestas así las cosas tendríamos que decir que la existencia de Dios al
depender de lo que yo puedo pensar de Él la convierte en un simple imaginario
del hombre, una proyección al infinito de las facultades humanas, una serie de
ideas hechas por el hombre, y no una idea innata, pues igual éstas no se pueden
sostener en que han sido puestas por alguien con las misma perfección, por que
hemos dicho aquí que estas perfecciones pudieron hacer sido puestas por el
hombre a Dios.
2. Sobre la
importancia del pensamiento de Descartes y el posible propósito de la filosofía
según él
Al comienzo de este escrito hacía referencia a los
estudios que hemos realizado a lo largo del semestre sobre René Descartes y llegados
a este punto considero pertinente pasar a dar respuesta a las preguntas sobre la importancia del pensamiento
cartesiano para la filosofía y sobre lo que significó la filosofía como
disciplina para él, confiando en que mis interpretaciones no irrespeten en lo
mas mínimo la posición real del autor en cuestión.
2.1
¿Cuáles son los rasgos esenciales del
pensamiento de Descartes y su importancia en el desarrollo del pensamiento
filosófico occidental?
Teniendo como base mis conocimientos en Descastes,
quisiera señalar los siguientes rasgos y aportes que considero fueron
fundamentales para la filosofía occidental:
En primer lugar, Descartes a lo largo de su reflexión
filosófica, dice que, para la construcción certera y asertiva de las ciencias,
no se debe confundir lo que es claro y evidente con lo que son tan solo
conjeturas más o menos probables. Esto quiere darnos a entender una nueva
definición de verdad, donde se plantea que lo verdadero es aquello que está por
encima de toda duda, aquello de lo que se está absolutamente seguro.
Y, en segundo lugar, sostiene que, para construir
conocimiento científico, es necesario generar una desconfianza en la autoridad,
esto es, la duda, que se sobrepone a
todo saber establecido. Ésta no tiene por objeto eliminar las verdades
anteriores, ni caer en el escepticismo radical, es decir, en el rechazo a todos
los prejuicios y todas las creencias que se han recibido en herencia de la
tradición, sino en dudar de esta para depurarlas de toda falsedad y de esta
manera obtener un conocimiento certero de ellas.
Estos aportes a la
filosofía se complementan con la reconocida sentencia “cogito ergo sum” con la que Descartes abre las puertas a una nueva
forma de pensar y con esto a una nueva etapa de la filosofía: la modernidad. Ya
que todo su esfuerzo argumentativo propone a la humanidad la búsqueda de
aquello “claro y distinguido” para lo cual es necesario dudar primero. Es un “método”
que consiste en examinar mis creencias y aprendizajes y omitir aquellos que
sean dudosos o confusos”, el objetivo es encontrar
lo cierto. Fue precisamente la búsqueda de este objetivo lo que trajo como
consecuencia, una intensificación de la actitud dubitativa de la humanidad,
así, con la afirmación, de que del pensar del hombre se deduce su existencia se
abrieron las puertas a la subjetividad.
Por eso, en El discurso del método, las reglas para la dirección del espíritu y Las meditaciones Metafísicas, al poner en duda todo cuanto existe, Descartes
parece estructurar las dudas que las personas deben tener ante los conocimientos
antiguos, impuestos muchas veces como dogmas. Es una nueva forma de ver el
mundo; con una actitud escéptica que permitió al hombre preguntarse en cuanto a
todo lo que existe, mas aún criticar y cuestionar las creencias y dogmatismos
de la época. Es una actitud que hemos heredado de filósofos escépticos como Descartes
y que nos ha permitido dejar ver el mundo, las normas, leyes y creencias como
algo natural, para cuestionarnos libremente sobre nuestra existencia.
2.2
¿Qué rasgos del pensamiento cartesiano permiten comprender el propósito de la
filosofía según Descartes?
Creo que el propósito
de la filosofía según Descartes debe entenderse a partir de la duda
cartesiana. Es decir, el objetivo de la filosofía debe ser el
cuestionamiento incansablemente de todo cuanto existe y sucede en la historia
de los seres humanos, esto, por supuesto, con miras a la búsqueda de la certeza de las cosas. Es por eso que en una clase de preseminario
alemán, cuando se afirmaba que la filosofía, por ser meramente conceptual, no
tiene cabida en la sociedad y en el campo laboral, interpelaba diciendo que la filosofía, al ser
la que nos ayuda a estructurar el pensamiento, debe llevarnos a cuestionarnos
sobre las diferentes situaciones sociales y no solo referirnos a éstas de
manera distante, sino proponer nuevas cosas que permitan el desarrollo de la
sociedad, a partir de los conceptos. Esta la razón por la que el filósofo
cuestiona incansablemente: para poder encontrar algo cierto en todos los
campos: científicos, tecnológicos, intelectuales y de esta manera contribuir en
el desarrollo social.
Es por eso que tales cuestionamientos deben iniciar por
nuestra educación. Así por ejemplo, un estudiante de filosofía tendría que
estar preguntándose, por ejemplo, de qué le pueden servir los contenidos
ofrecidos por la universidad… un filosofo moderno debe desarrollar una actitud
interrogativa, pues ¿de qué le sirve a la sociedad un filosofo que no sea capaz
ni siquiera de pensar su propio contexto?
Es por eso que, creo que al estructurar
la duda como un elemento útil para la búsqueda del conocimiento certero Descartes nos brindó la posibilidad de
criticar el sistema, y con ella legó a la humanidad la posibilidad de pensar y
cuestionar el mundo, para que ese “pienso luego existo” tenga un verdadero
sentido traduciéndose en un “dudo luego soy filósofo”, y de aquí a “tengo la
certeza, luego actúo.”
Andrés Saldarriaga Rios
UPB
[1] DESCARTES René (1641) Meditaciones Metafísicas. Traducción de José
Antonio Migues. Edición electrónica de www.philosophia.cl.
Escuela de Filosofía de ARCIS. (P 22-31)
[2] Ibíd. p. 22.
[3] Cfr. Ibíd. p 32.
[4] Cfr. Ibíd. p. 24
[5] Ibíd. p. 25.
[6] Ibíd. p.25.
[7] Ibíd. p. 26.
[8] Ibíd. p. 26.
[9] Ibíd. p.31.
[10] Ibíd. p.25.
