LA MÍSTICA Y LA PIEDAD COMO APERTURA HACIA LO OTRO:
Maria Zambrano
El
otro representa casi siempre un problema. Estar ante lo otro es enfrentar una realidad ajena a esa mismidad que siempre esta a la defensiva. El otro representa una amenaza por el simple hecho de pensar, actuar distinto. Mas aun, este sentimiento de extrañeza que
nos impone lo otro se hace mucho más intenso cuando este otro es el gran Otro, el
totalmente otro, al santo, al que se diferencia de mi naturaleza humana de
manera radical, aquel cuyo ser y voluntad me resulta del todo
extraña.
La
historia de la humanidad flota en la sangre del otro. Y es por este hecho que María Zambrano nos ofrece dos preciosos
caminos, dos sendas poco trasegadas pero necesarias como un medio para ir sanando esa herida de lo otro en el espíritu humano: la piedad y la mística. Los
invito a conocer estos dos caminos que se abren como posibilidad de conocer lo
distinto, de aceptarlo y sobre todo en que consistiría amar lo otro.
La piedad
De
estos dos caminos el primero, como ya lo señalaba con la metáfora del camino, ha sido
poco trasegado, sobre todo por la filosofía. “La filosofía para conocer no ha necesitado
de la piedad. Y como no la ha necesitado, se ha mostrado despiadada con ella,
arrojándola a una especie de confusa marea emotiva que se revuelve en el mar
interior de cada cual, y que no tienen nada que ver con la realidad que hay
fuera”. Así es como la razón, la filosófica, hecha fuera lo de adentro, lo del
centro del ser humano, con una pretensión contradictoria, de dar unos
fundamentos inhumanos a lo que quiere mostrar como humano.
Ahora,
¿cuál es el problema con que el hombre racional desprecie a la piedad? “Sucede
que la noción que el hombre tiene de si como conciencia y razón hace que solo
se considere semejante a otro hombre y apenas sabe tratar sino con aquello que
entiende como copia o reproducción de sí mismo. Con lo diferente, con lo otro
en el plano del ser, no sabe qué hacer con él”, dicho de otro forma, el hombre
de razón, solo sabe, solo es capaz de
aceptar aquello que puede comprender. Mas resulta que casi siempre el
otro nos desborda, casi siempre el ser diferente a mí no se me aparece de
manera clara, no lo puedo comprender,
puesto que este comprender amenaza con convertirse en un asemejarse a
él, problema que como podemos ver resulta de la incapacidad de asimilar la
expresión comprender como el hecho de saber cómo y porqué el otro “funciona” de
esa manera. Ahora bien aunque este comprender llegara a darse, su punto más alto
en cuanto al problema del otro llegaría simplemente a la expresión: “tú eres
así, te comprendo pero no lo comparto”. Es precisamente así como se disfraza la
virtud del mundo moderno frente a lo heterogéneo que llamamos tolerancia.
Pero
la tolerancia no tiene el alcance que requiere el trato con el otro. Zambrano
acude a la piedad.
“Cuando
hablamos de piedad, siempre se refiere al trato de algo o alguien que no está
en nuestro mismo plano vital; un dios, un animal, una planta, un ser humano
enfermo, monstruoso, algo invisible o innominado, algo que es y no es. Es
decir, una realidad perteneciente a otra región o plano del ser en que estamos
los seres humanos, o una realidad que linda o está más allá de los linderos del
ser.”
La
piedad no solo nos permite comprender,
aceptar, conocer lo otro, ella nos acerca, nos conecta con lo otro. Ya la
tradición judeo-cristiana cuenta entre los dones del Espíritu Santo, el don de
la piedad, que no siempre hace referencia a la devoción de un fiel hacia Dios
sino que hace referencia a una amor apasionado hacia Dios, y como consecuencia,
de un amor apasionado por el que según esta misma tradición es representante de
Dios: el hermano. Esta pasión la experimentó de una manera fogosa, según narran
los evangelios, Jesús. Dice la escritura con frecuencia “sintió compasión” o
“se estremecieron sus entrañas”. Para
esta expresión los evangelistas usan un verbo que nos permitirá tener noción de
lo que significa la piedad, Jesús es el piadoso por excelencia, modelo de
piedad. Se trata de la expresión, splagchnizomai (splagchnizomai) que significa, romperse las
entrañas.
Así las cosas, la piedad mas allá asumir que el que está en frente de mi es
otro, me permite meterme en la realidad del otro, hasta el punto de sentir
dolor físico por el otro, dolor real, profundo, la piedad me involucra con el otro, no me deja igual y en esto radica su riqueza, porque es a partir este involucrarse que se conjuga el nosotros. Un trato así trasciende lo que entendemos por tolerancia.
La mística
Mas
este romperse por dentro se hace mucho mas intenso cuando nos referimos a lo
Otro. Hasta aquí la filosofía que
abandona el sentido de trascendencia humano no podrá volar, al menos no con las
alas del concepto filosófico que conocemos como el problema filosófica de Dios:
se trata de la mística, y de manera especial de aquella que encuentra su máxima
expresión en la poesía. Sobre todo en el
santo poeta, Juan de la cruz.
¿Qué
pasa en esta poesía con el Otro, que ahora se convierte en el amado? La piedad nos dejó en el sentir como el otro,
algo así como el “ponerse en los zapatos del otro”, pero ahora si enserio, la mística, es decir, esa relación supra-humana
del hombre con Dios nos invita a un acto mortal: el místico no solo quiere
sentir como el otro, éste quiere ser
el otro: “Oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado
transformada” El místico desea, anhela fundirse en el Otro. Ahora ¿qué
implicaciones ad extra tiene esta actitud? Que de nuevo, aquel que anhela
consumirse en el otro, no encuentra otro modo de hacerlo que por medio del
amor. El amor y la piedad, la mística, terminan confluyendo en un mismo centro:
se convierten en las fuerzas que cohesionan la otredad.
Piedad,
mística y poesía se unen en uno solo para acercar lo otro, la primera regalando
el sentir con, la segunda el desear ser el otro y la última sintetizándolo todo
en una armonía que para muchos es silenciosa y vacía y para otros, los otros,
el camino hacia la paz, la paz que es necesario pensarla mirando, reconociendo,
aceptado y por ultimo amando al otro.

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