lunes, 28 de noviembre de 2016

La misericordia: Dios llora con nosotros

La Misericordia: Dios llora con nosotros

¡Hemos vivido uno de los años más hermosos de la historia de la iglesia! El Señor a través del Papa Francisco ha querido recordarnos que nos ama infinitamente con un amor capaz de perdonarnos, con un amor misericordioso capaz de entregarse hasta el extremo por nosotros. 

Pero recordar no consiste solo en traer a la memoria una verdad teórica, recordar viene de la expresión latina re- cordis que significa volver a pasar por el corazón. Este fue un tiempo oportuno para “cambiar de vida” y “dejarse tocar el corazón” (Misericordiae Vultus N° 19.) Lo primero es consecuencia de lo segundo, pues quien no pasa por el corazón no cambia, al menos no de verdad.
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Vale la pena, al terminar este año, preguntarnos: ¿hemos permitido que esta misericordia pase por nuestro corazón? ¿Hemos dejado que Dios haga de nosotros hombres misericordiosos? ... pues aunque así fuera, lo cierto es que aún queda mucha misericordia por recibir y mucha más por ofrecer.  

En este tiempo del adviento, quisiera invitarlos a que contemplemos desde lejos una manifestación extraordinaria de la misericordia de Dios: la encarnación. ¿Por qué digo: desde lejos? Porque ésta aún no sucede. La encarnación, como la misericordia, es un misterio que aún está incompleto en nosotros.

Observemos desde lejos el portal de belén, como lo miraban quizá los pastores después de ser avisados por el ángel (Lc, 2, 8-15). ¿Qué sintieron estos hombres y mujeres al ver que su esperanza se aceraba? El ángel anuncia el sentimiento: “Os anuncio una gran alegría.”  Fue precisamente la alegría de ver cercana la salvación lo que los hizo correr hasta el portal. No fue la curiosidad distraída. ¡Esa curiosidad ya no puede movernos más! En este adviento lo que debe excitar nuestro deseo de ver al Mesías es la necesidad urgente de tomar en nuestros brazos al Mesías, de acariciar la salvación que Dios nuestro Padre nos ha ofrecido en su Hijo Jesucristo, de alegrarnos por fin en Dios.  

No podemos cansar de ser “misericordiados” por el Señor. Y en este tiempo, esa misericordia nos viene envuelta en una promesa que se cumple. Es la promesa del consuelo que se nos prometió en Isaías: “Consolad, consolad a mi pueblo- dice el Señor” (40, 1).

Ya se acerca nuestro consuelo. Ya viene. Y viene en la figura más tierna, un una imagen que solo los hombres de corazón sensible pueden gozar: Dios se hace niño. Débil, frágil, incapaz de…, un niño que llora, un niño como el que usted y yo llevamos dentro, es un niño que llora. Dios se une a nuestro llanto, y llora con nosotros. Es llorando con nosotros como Dios nos consuela: ¿existe imagen más bella de la alegre misericordia de Dios? 

Andrés Saldarriaga

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