La
Misericordia: Dios
llora con nosotros
¡Hemos vivido uno de los
años más hermosos de la historia de la iglesia! El Señor a través del Papa
Francisco ha querido recordarnos que
nos ama infinitamente con un amor capaz de perdonarnos, con un amor
misericordioso capaz de entregarse hasta el extremo por nosotros.
Pero recordar
no consiste solo en traer a la memoria una verdad teórica, recordar viene de la
expresión latina re- cordis que
significa volver a pasar por el corazón. Este fue un tiempo oportuno para
“cambiar de vida” y “dejarse tocar el corazón” (Misericordiae Vultus N° 19.) Lo
primero es consecuencia de lo segundo, pues quien no pasa por el corazón no
cambia, al menos no de verdad.

Vale la pena, al terminar
este año, preguntarnos: ¿hemos permitido que esta misericordia pase por nuestro corazón? ¿Hemos dejado
que Dios haga de nosotros hombres misericordiosos? ... pues aunque así fuera, lo cierto es
que aún queda mucha misericordia por recibir y mucha más por ofrecer.
En este tiempo del adviento, quisiera invitarlos a que contemplemos desde lejos una manifestación extraordinaria de la misericordia de
Dios: la encarnación. ¿Por qué digo: desde lejos? Porque ésta aún no sucede. La encarnación, como la misericordia, es un misterio que aún está
incompleto en nosotros.
Observemos desde lejos el
portal de belén, como lo miraban quizá los pastores después de ser avisados por
el ángel (Lc, 2, 8-15). ¿Qué sintieron estos hombres y mujeres al ver que su
esperanza se aceraba? El ángel anuncia el sentimiento: “Os anuncio una gran
alegría.” Fue precisamente la alegría de
ver cercana la salvación lo que los hizo correr hasta el portal. No fue la
curiosidad distraída. ¡Esa curiosidad ya no puede movernos más! En este
adviento lo que debe excitar nuestro deseo de ver al Mesías es la necesidad urgente
de tomar en nuestros brazos al Mesías, de acariciar la salvación que Dios
nuestro Padre nos ha ofrecido en su Hijo Jesucristo, de alegrarnos por fin en
Dios.
No podemos cansar de ser “misericordiados” por el Señor. Y en este tiempo, esa
misericordia nos viene envuelta en una promesa que se cumple. Es la promesa del
consuelo que se nos prometió en Isaías: “Consolad, consolad a mi pueblo- dice
el Señor” (40, 1).
Ya se acerca nuestro
consuelo. Ya viene. Y viene en la figura más tierna, un una imagen que solo los
hombres de corazón sensible pueden gozar: Dios se hace niño. Débil, frágil,
incapaz de…, un niño que llora, un niño como el que usted y yo llevamos dentro,
es un niño que llora. Dios se une a nuestro llanto, y llora con nosotros. Es
llorando con nosotros como Dios nos consuela: ¿existe imagen más bella de la alegre
misericordia de Dios?
Andrés Saldarriaga
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