UNIVERSIDAD PONTIFICA BOLIVARIANA
ANDRÉS SALDARRIAGA RÍOS
2014
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LA OBRA Y LA VERDAD:
El problema de la
interpretación
“La belleza es uno de
los modos de presentarse
la verdad como
desocultamiento” Heidegger
Una obra de arte es
aquella que es construida, pintada, elaborada, pensada para ser presentada,
para ser elevada. Conocer las motivaciones e intereses que la inspiraron suele
ser de suyo interesante para quien desee leerla poniendo un pie de apoyo en lo que
uno podría llamar provisionalmente la verdad de la obra de arte. Mas el
hecho de descubrir a través de un acercamiento al artista lo que su obra
pretende proponer no agota las posibilidades de interpretación y ello
representa un problema para quienes pretenden establecer unos cánones que
permitan dar orden al quehacer artístico. En consecuencia, surgen un sin número
de cuestiones de difícil solución pero que vale la pena pensar; ¿Qué es la
verdad de la obra de arte? ¿Cómo se da la verdad en la obra? ¿Qué decir de la
interpretación del receptor de la obra?
Es posible que estas
preguntas constituyan los problemas que filósofos como Gadamer se han planteado
en le marco de la cuestión sobre la interpretación, y es sobre estas cuestiones
que en el presente ensayo pretendo reflexionar, tomando como punto de
referencia lo que Heidegger plantea en El
origen de la obra de arte. Para ello, en primer lugar,
expondré el argumento heideggeriano del acaecer de la verdad en la obra de arte
y simultáneamente iré, en la medida de lo posible, desentrañando el sentido de
este planteamiento para terminar con unas afirmaciones en torno a la obra, la
interpretación y la verdad.
1. El acaecer de la
verdad en la obra de arte.
La pregunta con la que
comienza Heidegger para abordar el tema del acaecer de la verdad en la obra de
arte es ¿Qué es la verdad y cómo puede acaecer en la obra de arte? Es entonces
cuando propone la argumentación que a continuación me permito parafrasear.
Dice: la obra se instala, es decir, cuando el artista crea una obra,
cuando la obra es terminada, la obra es instalada. Esta instalación representa
una erección dedicatoria, celebratoria pues la obra por ser obra, es decir por
ser “manifestación de lo existente en su ser” exige esta instalación. Ahora
bien, cuando la obra es erigida, instalada, levantada, inaugura un mundo, de
tal manera que, según propone Heidegger, ser obra significa instalar un mundo.
(Cfr. Heidegger, 2003, p. 32)
Dicho de otra forma, el
artista crea la obra, y ésta por el simple hecho de su ser obra requiere de una
instalación, de un ser levantada y presentada, así, al ser levantada e
instalada, la obra ofrece una nueva posibilidad de mundo.
Tal vez con un ejemplo
se entienda mejor lo que interpreto de Heidegger sobre este aspecto: pensemos
en una de las obras de Picasso. Cuando Picasso pinta el Guernica, cuando él
culmina su obra (sin importar cuales hayan sido sus motivaciones o propósitos
al crearla) de inmediato la obra requiere el ser instalada, el ser levantada,
el mostrarse ante… ahora, cuando este mostrarse se da, y con ello, cuando la
obra sale de las manos del autor es entonces cuando la obra pareciera tomar
vida propia, la obra misma, que en el caso de Picasso ha sido manifestación de
lo existente, (léase, guerra civil española, el acontecimiento concreto de la
plaza de mercado el 26 de abril de 1937) deviene ahora en mundo. La obra ha
instalado un mundo, ¿cómo?, gracias a su instalación delante de… la obra
tiene la virtud de abrir al espectador un nuevo mundo.
En una lectura distraída
se podría afirmar que el mundo que inaugura el Guernica es el mismo mundo del
cual ésta es manifestación, es decir la “accidental” bomba en la plaza de
mercado, pero tal comprensión cerraría y limitaría la expresión de
la obra, o más bien, la apertura de mundo que realiza la obra de arte. Si bien,
en términos heideggerianos, la obra tiene abierto lo abierto del mundo, es
decir, presenta en su ser mismo lo que el mundo nos deja desentrañar de sí
mismo, ella al instalarse inaugura y ofrece la posibilidad de un nuevo mundo,
en el caso del Guernica el nuevo mundo tendría este nombre, es nuevo,
el Gernica abre un nuevo mundo. Este doble movimiento: el de manifestar el
ser de lo existente en su ser (obra), es decir, este mostrar lo abierto del
mundo, y este inaugurar mundo representan para Heidegger el acaecer de la
verdad, entendida como el acto de correr el velo, la aletheia (aleqeia) griega, como la desnudez de lo
existente, el des- ocultamiento de lo ente (cfr. Heidegger, 2003, p 36): la
verdad en la obra se da en este acto de desocultar, desvelar.
Pero para Heidegger este
desocultamiento posee un carácter particular: “a la esencia de la verdad en
tanto que esencia del desocultamiento le pertenece necesariamente esta
abstención según el modo de un doble encubrimiento. La verdad es en su esencia
no verdad… [Esto] tampoco quiere decir que la verdad nunca sea ella misma, sino
que en una representación dialéctica es también su contrario” (Heidegger, 2003
p. 39) de este modo al plantear que en la obra de arte acontece la verdad
también Heidegger plantea que se afirma en ella lo que no es, la verdad que
acaece en la obra de arte posee esta doble dimensión, de tal modo que todo
desocultar implica un ocultamiento. Ahora ¿qué desoculta y qué oculta la obra
de arte? ¿Qué es lo que permite conocer la obra? ¿Qué verdad es la que
desentraña?
Volviendo al ejemplo del
Guernica lo que esta obra de arte desoculta es en primera instancia lo que
hemos llamado lo abierto del mundo, es decir, un acontecimiento con tiempo,
espacio y consecuencia en la historia concretos, pero cuando este
desocultamiento se da a través de una obra de arte, es decir, cuando este
suceso se hace manifiesto a través del ser obra y esta es instalada y
presentada ante el espectador entonces la obra ya no solo ha mostrado lo
abierto del mundo sino que dilata su ser al punto de permitirle al que la
observa una nueva interpretación, o mejor un nuevo mundo. De nuevo: la
verdad en este sentido acaece tanto en el hecho de abrir lo abierto del mundo
como en aquel “dilatarse” de la obra que permite la instalación de un nuevo
mundo. Así podríamos entender el juego de ser verdad y no verdad a la vez. La
obra habla de lo que es pero a la vez de lo que no es, oculta y desoculta a la
vez. Pero este juego implica una relación activa entre la obra y el espectador.
Esta relación entre la
obra y el espectador la describe Katya Mandoki en Prosaica en los siguientes
términos: “Una obra artística permanece siempre abierta al espectador para
hallar en ella sentidos diversos a lo largo del tiempo. Para el artista, en
cambio, la obra se cierra en el instante preciso en que retira el lienzo del
caballete o escribe el punto final de la novela.” (Mandoki, p 4) Da tal
modo que, mientras la obra se cierra para el artista, para el que contempla,
crítica o simplemente se topa con la obra ésta instala un mundo una
comprensión de mundo.
2. El problema de la
interpretación
Al comienzo del ensayo
planteábamos el problema de la interpretación como la cuestión que se ubica
entre la obra y la verdad. La obra es creada por el artista con una
intencionalidad, quizá, clara. La obra
es instalada y celebrada como obra y en este mismo momento la obra es
presentada ante el espectador, en este encuentro, entre espectador y obra (con
todo lo que esta representa) sucede el problema de la interpretación y en
consecuencia el posible acaecer de la verdad. ¿Qué podemos entender por verdad en
este sentido? ¿Se trata de la verdad que desoculta el mundo instalado por la
obra de arte? ¿Se trata de una verdad meramente subjetiva?
Cuando decíamos con
Heidegger que la obra instalaba mundo, pero este acto de instalación no tendría
sentido, más aun, no tendría lugar sin la participación del espectador, el
nuevo mundo creado por la obra no tendría lugar sin el espectador. ¿Qué implica
esto? Que no es posible entender el mundo instalado por la obra sin el acto de
interpretar. De esta manera la interpretación y el nuevo mundo se emparentan de
modo indisoluble.
A manera de ejemplo de
lo anterior tomemos la interpretación que el filósofo y critico alemán Walter
Benjamín hace de la obra de Paul Klee, el Ángelus Novus. Cuando benjamín se
para frente a esta se establece un dialogo en el cual, en términos
heideggerianos, la obra instala mundo y este instalar mundo se hace especifico
a través de una intencionada critica de la historia; el Ángelus Novus
representa ahora el “Ángel de la historia”, una visión pesimista
del devenir histórico como un ciclo incesante de horror; la obra y el autor han
instalado mundo, los dos han creado un nuevo horizonte de comprensión a través
de la interpretación. Esto sucede al momento del encuentro obra-interprete, asi
describe benjamín el nuevo mundo instalado:
“Hay un cuadro de Klee
que se llama Ángelus Novus. Se ve en él a un Ángel al parecer en
el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava su mirada. Tiene los ojos
desencajado, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la Historia debe
tener ese aspecto. Su cara está vuelta hacia el pasado. En lo que para nosotros
aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que
acumula sin cesar ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies. El ángel
quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero
una tormenta desciende del Paraíso y se arremolina en sus alas y es tan fuerte
que el ángel no puede plegarlas… Esta tempestad lo arrastra irresistiblemente
hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas mientras el cúmulo de ruinas sube
ante él hacia el cielo. Tal tempestad es lo que llamamos progreso”.
(Benjamin, 1989 p. 183)
Es este el acaecer de la verdad; una vez instalada
la obra, una vez dada la relación obra-espectador, fruto de esta relación se da
el nuevo mundo, se desoculta, se desvela de igual forma lo abierto del mundo,
ello de un modo en apariencia independiente de la obra.
En conclusión a) la
interpretación en cuanto se ubica en medio del movimiento entre el desocultar y
el intérprete hace parte del acaecer de la verdad, acaecer que, según
Heidegger, representa un doble movimiento: el ocultar y el desocultar, el ser
verdad y a la vez no verdad. Esta no verdad podría estar relacionada con la
interpretación. b) El intérprete se constituye así en quien da lugar (junto a
la obra) al nuevo mundo. El nuevo mundo de la obra y el intérprete constituyen
así el origen de la verdad como instalación de mundo a través de la misma obra.
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BIBLIOGRAFÍA
BENJAMIN, Walter. Discursos interrumpidos I: filosofía del arte y
de la historia. Prólogo,
traducción y notas de Jesús Aguirre: Taurus. 1989
HEIDEGGER, Martín.
Caminos de bosque: El origen de la obra de arte. Filosofía y pensamiento.
Alianza editorial. 2003 P. 11-59
MANDOKI, Katya. Estética
cotidiana y juegos de la cultura: Prosaica
I: Conaculta, Fonca.

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